Quiero verte dormir. Que tus suspiros me despeinen las
pestañas y tu respiración haga temblar
el colchón.
Quiero tocarte y sentir tu pulso, la sangre fluyendo por tu cuerpo
y tu corazón bombeando.
Quiero escucharte reír. Y, egoístamente, quiero que lo hagas por
algo que haya dicho yo.
Quiero ser la única que distinga la realidad de la
ficción en el sonido de tu risa.
Quiero olerte al salir de la ducha, y reconocer tu olor cuando
camino por la calle. Quiero girarme esperando verte y, al no encontrarte, admitir
que nadie más huele como tú.
Quiero sentirte en el nudo en el estómago que me genera el mero
hecho de saber que estamos en la misma habitación.
Quiero hacerlo todo contigo.
Quiero que me veas.
Quiero que me toques.
Quiero que me escuches.
Quiero que me huelas.
Quiero que me sientas.
Quiero que quieras hacerlo todo conmigo.
Quiero que me veas equivocarme y enfadarme, y que, al contártelo,
tu risa se contagie y me recuerde lo absurdo de la situación.
Quiero que me toques sin querer pero queriendo. Quiero que me
acaricies la espalda, que me des la mano y las metas juntas en tu bolsillo en
un día de invierno.
Quiero que me escuches cantar en la ducha, en casa, en la calle, en
la vida… Quiero que me encuentres en todas las canciones que oigas y sus frases
te recuerden a mí.
Quiero que me huelas por sorpresa esa zona del cuello que sólo
encuentras tú y que al hacerlo me roces con tu barba de dos días. Quiero que
inspires y me pongas la piel de gallina.
Quiero que me sientas en un sueño y te despiertes creyendo que
sigues en él. Quiero que me lo confieses al día siguiente y que tus ojos me
cuenten todas las emociones que experimentaste.
Quiero que quieras hacerlo todo conmigo.
Quiero que seas tú, no otro.
Y quiero que seas tú, y no varios.
Quiero que seas tú ahora, no en un futuro indefinido.
“Antes de contar y cantar, antes de que se me acaben los días,
cuéntame tú a mi algo que me haga dormir.
Algo lento”
Me he resignado.
Aún sigo teniendo la sensación de que tú o yo estamos de viaje. En cualquier
momento una de las dos volverá, te podré dar un beso y acariciar
el brazo.
He dejado de pensar en ti a menudo. Lo siento. Me ahogo cuando me
doy cuenta de que esto es real, que te has ido y que la vida sigue. Y me culpo
porque no pienso en ti lo suficiente, o porque he vuelto a reír y pasármelo
bien. Pero me he secado. Ya no me salen más lágrimas.
El otro día pasé por el parque recordándote, y fue duro, pero no
tanto como cruzar la calle y no encontrarte. ¿Te acuerdas cuando te pillaba
cruzando mal? Venías de la piscina y estabas fresquita, suave, oliendo a cloro
y a gel. Siempre con el pelo mojado y una bolsa de Mercadona, porque no podías
evitar pasar a comprar algo: plátanos, ciruelas, bizcochos… A veces, cuando aún
te quedabas algún día a comer en casa, te echaba la bronca riéndome y tú me
regalabas lo que habías comprado.
De vez en cuando, sobre todo por las noches, antes de dormir,
recuerdo ese fin de semana caótico que pasamos cuando te fuiste. Hubo un
momento que creí que me había desdoblado. Podía vernos a todos, como en una
película. Llorando, abrazados. Sentados en la salida del hospital. Sólo
hablando de ti se nos calmaba la agonía. Luego, de repente, pasaba alguien a
quien no habíamos abrazado aún, o no lo suficiente, y volvíamos a empezar a llorar. Fue agotador y
muy difícil. Verte allí, tumbada, con un cartel donde ponía “Absoluta” ha sido
lo más duro que he tenido que hacer hasta la fecha. Y sé que lo hice porque
quise, por mi y por Ana, pero al verte no fui capaz de decirte adiós. ¿Qué iba
a decirte si esa no eras tú? ¿Para qué darte un beso si el cuerpo que estaba
allí era de otra persona? Una señora muy pálida y arrugadita, pequeña y sin
tripa. ¿Cómo vas a ser tú? Tú eres grande y redonda, y flotas en el agua. Tú no
tienes arrugas, tienes surcos de felicidad y orgullo en tu piel suave y
blandita. Eres morena porque has estado en la Cañada tomando el sol, con pecas
y cardenales que no recuerdas cómo han aparecido. Llevas anillos y pulseras que
te aprietan, pero que no te quitas nunca. Tienes unos ojos preciosos azules que
hablan por ti más de lo que crees, y nos cuentan que estás nerviosa porque ha
venido la tía Ana y tú no estabas preparada. Y eres blandita. Muy blandita.
Pero luego me acuerdo la última vez que nos vimos de verdad. No fue
tu mejor momento, pero me reconociste. Todo el equipo médico intentando
ayudarte y tú me viste, me sonreíste y me saludaste.
El fin de semana fue intenso, al estilo Navarro. Todos
juntos a todas horas. Parecía más una celebración que un duelo. Y es que eso
era una celebración. Una celebración de la vida que nos has dado, porque sin
ti ninguno de nosotros existiría hoy. Haces magia: conviertes la tristeza en
alegría. Estuvimos juntos por nosotros, pero sobre todo por ti. Y volvimos a
reír por ti. Porque tú nos has hecho como somos.
Has conseguido lo que tanto deseabas: estar en todas partes a la
vez y enterarte de todo lo que decirmos, al mismo tiempo que estar sola y tranquila. Sigues aquí, y sé que no te
irás nunca.
Gracias.
“De pronto la soledad cogerá
distinto color del natural.
He estado en Biescas dos semanas. Todos
necesitamos un sitio así, un cambio de aires, donde estás con gente diferente a
la que acostumbras a ver a diario. Gente que te quiere y a la que quieres, eso
sí, que te enseñe a valorar otras cosas que no son el trabajo y el tiempo en el
que vivimos inmersos. Es uno de esos sitios de los que vuelves, irremediablemente, cambiado. Son personas que
te hacen ser más humano.
Allí me he dado cuenta de que nunca me
han gustado mucho las metáforas manidas. De esas que todo el mundo hace y tú
sólo piensas “pues sí, pero vaya tontería. La vida no es tan simple como eso.”.
Y resulta que ahora que he tenido tiempo y me he podido “sentar” a pensar me da
por usar una de esas metáforas que tanto me he enorgullecido de rechazar.
La vida es una montaña. Caminos
tortuosos que comienzan llanos, poco a poco son más cuesta arriba. Pero si
sigues andando, aunque no te des cuenta, subes y ves cosas increíbles que nunca
habrías visto si no te hubieses esforzado en superar los obstáculos. Y, aunque
el camino nunca dejará de ser difícil, vale la pena seguir adelante porque, si
te fías de las vistas a lo largo del camino, la perspectiva es fascinante
La perspectiva:
Voy a ser profesora
El camino:
Estoy haciendo un Máster de Profesor/a de
Educación Secundaria. Para aquellos que me conocen saben que siempre he querido
ser profesora. Debe ser eso que llaman “vocación”. Pero, aunque siempre lo he
tenido muy claro, a la hora de hacer la solicitud de la Universidad mi primera
opción fue Historia. Sorpresa para todos, incluida yo. Me daba miedo haberme
encasillado en el quiero ser como mamá y decidí hacer un cambio radical.
Primer golpe. Primer tropiezo. Fui feliz hasta que me di cuenta de que realmente sí que quería
ser profesora y que me había metido en un
agujero del que no sabría cómo salir. Estaba en una carrera con pocas
salidas, y aunque una de ellas era la enseñanza, no era el rango de edad
adecuado según mis expectativas de futuro. Problemón.
¿Me cambio de carrera? No. Permitidme dos
frases que resumen la situación:
“Acaba lo que has empezado, y luego, si
realmente quieres hacer otra cosa lo hablamos”. En ese momento, me
sentó como una patada en el estómago. ¡Mis padres limitaban mis aspiraciones de
futuro! ¡Y yo que siempre había confiado en que ellos me apoyarían en todo!
“Tiempo al tiempo”. Mierda, mis padres
tuvieron razón. No les digáis que les agradezco infinitamente todo lo que han
hecho por mí. Incluso frustrarme.
Acabé la carrera, hice unas prácticas
durante el último año que me abrieron los ojos sobre la enseñanza en
secundaria. No era tan malo como parecía. Probé a apuntarme a un Máster
comodín, por si salían oposiciones en algún momento mientras decidía si
realmente quería dedicarme a esto.
Segundo golpe. Segundo tropiezo. No tenía el título de inglés porque, cabezona como soy, me negué
a sacármelo cuando mis padres me lo recomendaron. ¡Y ahora me lo pedían para
poder acceder al Máster! ¡El destino me odia! A pesar de todo, pude hacer un
examen de acceso, aprobé. Y luego me saqué el título. Tampoco me salió tan mal.
Las vistas:
Acabo de terminar unas prácticas
asombrosas en un colegio del que he aprendido muchísimo, especialmente que no
es malo cambiar de opinión y estar abierta a nuevas oportunidades. Que las
decisiones que tomas te permiten crecer y madurar como persona. Como le dije el
otro día a alguien: “Hay un momento en que empiezas a comprar camisas en vez de
camisetas. Y es bueno porque es lo que necesitas”. Cuando se cierra una puerta
se abre otra que te puede llevar a una habitación similar a la anterior pero
mucho más rica y exuberante.
Que aunque
el camino es cuesta arriba con esfuerzo puedes llegar a la cima.
Las fotos están hechas en el Parque Natural de Ordesa - Monte Perdido.
Recuerdo
que cuando iba al cole me gustaba ser la primera de la clase. La que más sabía,
la que más respuestas acertadas daba. Siempre me ha gustado aprender cosas
nuevas y diferentes, pero demostrarlo delante de la eminencia que era el
profesor me hacía sentir orgullosa de mí misma, al igual que si alguien sabía
más que yo, o sacaba más nota que yo, me sentía decepcionante (atentos, no he
dicho “decepcionada” sino “decepcionante”). Como si fuese a venir la policía a
mi puerta a decirles a mis padres: “Buenos días, venimos a por su hija. No cumple con los estándares
establecidos”.
Y a partir de aquí creo que hay dos puntos
fundamentales sobre los que deberíamos reflexionar.
En
primer lugar me pregunto sobre la impotencia que genera que todos,
absolutamente todos, pasemos por los mismos filtros sabiendo como sabemos que
cada uno somos diferentes. Hace poco vi, por requerimiento del Máster, el
capítulo 87 de Redes. ¡Oh, adorado Punset! Me hizo pensar sobre la Educación,
con mayúsculas.
El
capítulo trataba sobre la incapacidad de los sistemas educativos de abordar las
necesidades de los individuos actuales. Frente al aprendizaje que se fomenta,
basado en la enseñanza lineal y por repetición (llamémosle “transmisión del
conocimiento científico”) el documental propone un aprendizaje social y
emocional que fomente la educación personalizada a través del contacto, la experiencia y la
implicación del alumno en el proceso.
Somos
máquinas. O por lo menos eso nos hacen creer sin que lo sepamos. O por lo menos
lo intentan. Todos tenemos que saber lo mismo. Todos tenemos que aprender de la
misma forma. Todos tenemos que cumplir los plazos de aprendizaje y enseñanza
establecidos. Y si no los cumples poco menos que eres una paria social.
No
está mal si pensamos y reflexionamos sobre ello. Es decir, que yo, a mis 22 años
(casi 23 pero no se lo digáis a nadie) he sido capaz de sentarme y pensar sobre
lo que ha supuesto para mi tener que pasar por ese aro tan estrecho. No ha sido
fácil. Ha sido duro, cansado y estresante. Pero lo he pasado y por eso me
sentía orgullosa cuando contestaba la respuesta correcta en el colegio o cuando
sacaba más nota que nadie en el examen. Y de repente un día dejo de pasar por
ahí. Suspendo, no contesto la primera, y el mundo se me cae encima. Me paro y
pienso ¿y todos aquellos que no han pasado nunca el filtro? ¿Cómo se deben de
sentir? Fatal, horrible, decepcionantes.
Nos
pasamos desde los 3 a los 16 años, como mínimo, en un centro educativo que nos
enseña que no eres bueno a menos que cumplas los estándares. Tus únicas
cualidades positivas son las que están asociadas al estudio y a la adquisición
de conocimientos: estudiar, leer, escribir, concentrarte… Y no me entendáis
mal, no digo que no sean muy útiles, pero el enfoque no creo que sea el más
adecuado. Eres bueno si sacas buenas notas. Si sacas sobresalientes eres el
mejor.
Según
Ken Robinson (al que entrevista Punset en el documental) la Educación tiene
tres objetivos fundamentales, uno de los cuales es personal: esperamos que la educación nos ayude a convertirnos en “la
mejor versión de nosotros mismos”, ayudándonos a descubrir nuestros talentos y
destrezas. Pero en ese sentido, desde su punto de vista, piensa que ha
fracasado, porque en el fondo tenemos una visión de las aptitudes muy limitada.
Así
que, cuando salgas del sistema educativo ¿qué será de ti? Quizá has aprendido
muchas cosas, y tienes una barbaridad de datos almacenados, y estás capacitado
para desarrollar nuevas habilidades “prácticas”. Pero ¿qué hay de la persona? ¿Qué
hay de su integridad, de su saber estar, convivir, imaginar, crear… de su saber
ser feliz?
Nos
mutilan. Nos mutilamos como individuos si nos creemos que es mejor el que más
sabe.
Hoy
me ha preguntado una persona: “¿por qué hay quien se saca dos carreras y yo
necesito dos años para un máster de un año?”. Y yo me planteo cómo hemos podido
llegar a este punto tan triste en el que no vales nada si no cumples los
estándares. Y generalizo, ya no sólo hablo de la Educación, sino de todos esos
estándares que hemos asimilado sin darnos cuenta y que nos hacen ser infelices
cuando no los cumplimos.
Y
el segundo punto sobre el que creo que deberíamos reflexionar inmediatamente
después es saber qué nos hace diferentes, especiales, valorarnos y querernos a
nosotros mismos.
Le
decía a esa persona con la que hablaba antes que no puedes dejar que nadie te
juzgue negativamente de forma gratuita pero es especialmente peligroso que
seamos nosotros mismos los que nos juzguemos. Quiero decir, que alguien te
llame idiota te puede afectar más o menos, pero que tú mismo te lo digas es una
bomba de relojería. Es la profecía autocumplida. Si te lo dices repetidamente
al final te lo creerás hasta el punto de que cuando alguien trate de valorarte
de forma positiva tu mente lo transformará en algo negativo. Tu visión de ti
mismo es el filtro por el que pasan todas las valoraciones que hacen los demás
sobre ti. Si crees que “tu criptonita” son los exámenes, siempre lo serán. O llevándolo
a algo más simple, si crees que estás gordo, pensarás que los demás también lo
creen.
No
soy psicóloga ni pretendo serlo. Sólo reflexiono sobre mis propios pensamientos
negativos y de qué manera me afectan limitándome como individuo. Quizá es algo
muy trillado, pero si tú te quieres a ti mismo da igual lo que los demás
piensen de ti. Puedes valorar más o menos su opinión, pero al fin y al cabo es
una opinión y, no nos engañemos, nunca tendrá el mismo valor que la que tú
tienes sobre ti mismo. Sepas o no cuál es esa opinión que tienes sobre ti.
Todos
tenemos malos días. Días en los que caes rendido en la cama. Literalmente.
Respiras
profundamente. Una vez. Dos veces.
Sientes
cómo en el momento en el que te tumbas toda la tensión se diluye y deja de
pesar.
Respiras
profundamente. Una vez…. Dos veces.
Esa
piedra que llevas en el corazón y en el estómago cambia de estado. De sólido a
líquido. Te tumbas, fluye por tu cuerpo y se equilibra. Llega a todas partes.
Aún está ahí, pero el peso está repartido.
Respiras....
Una…vez…. Dos…veces.
Sientes
salir la tensión por los poros, como una olla a presión muy silenciosa.
Respiras… Alguien estira de un hilo invisible que sale de tu cabeza. Respiras…
de tu estómago. Respiras…de tus pies…
Respiras………
Una……… vez…..…Dos…
Y
de repente es de día. Nuevas posibilidades. Nuevos retos. Tropiezos, caídas,
luces, sombras, frío, calor, sonrisas, lágrimas, momentos de estrés, momentos
de paz, recuerdos, experiencias, pensamientos. Emociones a flor de piel. Todo
es nuevo, hasta lo antiguo es nuevo. Quizá es deformación profesional. Todo se
puede aprender, ver, observar, escuchar, tocar, saborear. Porque
cada vez que nos levantamos es un nuevo día con nuevas oportunidades.
Os
preguntaréis: “¿Es que tú nunca has tenido un mal día?”. Sí, muchos, cientos.
Pero alguien, y con alguien quiero decir mi madre, me enseñó que de todo se
aprende, que cuando te caes te levantas, revisas con qué te has tropezado y si
lo puedes apartar del camino para que ni tú ni nadie vuelva a tropezar. Que un
mal día lo tiene cualquiera pero si le pones buena cara pasa mejor.
Lo
que nadie dice es que es difícil de narices. Es complicado y cansa mucho. Muchísimo.
Pero sigue adelante, porque valdrá la pena. Ponte un objetivo. Lucha por él.
Defiende tus sueños de los obstáculos que el mundo te ponga. La felicidad no es
fácil ni gratis. Esfuérzate por conseguirla.
“Madre
mía, qué filosófica estás”. Soy rara, ya os lo he dicho. De las raras que
cuando son felices se sientan a pensar. Como todos, soy de las que se da cuenta
de que su sueño, su vocación, no es tan perfecto ni tan idílico como pensaba. Pero
podemos aceptarlo con buena cara, igual que aceptamos que fallamos, que nos
caemos y que nos levantamos. Podemos aceptar que somos humanos ¿no?
Es como si el cielo se riese de
nosotros. La luz, el calor, los sonidos de la gente disfrutando en la calle,
los árboles más verdes, las odiosas palomas que hoy parecen de postal se están
riendo de ti, que estás viviendo en el lado frío, en las sombras. Días en los
que te dedicas a pensar en ti, sobre ti y sobre lo que te afecta por algo que
ha pasado y que es relativamente externo. Y el mundo sigue, y no sólo sigue,
sino que sigue feliz, alegre, contento, brillante y luminoso. Y tú no puedes
alcanzar esa luz. Entonces te preguntas cómo es posible que las cosas malas se
cuelen de forma tan rápida hasta tu interior y te dejen en ese estado de apatía
y en cambio las cosas buenas, los días luminosos, te generen esta inestabilidad
pero no lleguen a inundarte por dentro. Es como si te enseñaran lo bueno del
mundo, lo bueno e inalcanzable.
Pablo
ha muerto. ¿Por qué? María siempre dice: “¿Por qué le pasan cosas malas a la
gente buena?”. ¿Por qué? No lo entiendo. ¿Qué le pasó? ¿Qué le provocó ese
infarto? ¿Por qué no había nadie con él? ¿Por qué no le pudo pasar a otra
persona? No a alguien que se lo merezca, porque nadie se lo merece, pero ¿por
qué no a alguien que haya vivido más? ¿Alguien que haya tenido tiempo para dar
todo lo que puede dar? ¿Alguien que haya tenido tiempo para recibir todo el
cariño, la alegría, el amor, los agradecimientos,…todo lo que pueda recibir?
Y
no es que conociese mucho a Pablo. Vino de apoyo a Miguel a la parroquia hace…6
meses como mucho. Y no he estado mucho con él, sólo en alguna reunión, alguna
conversación en la calle, o alguna eucaristía en convivencias. Pero es, era,
una persona que dejaba huella. Era un cura joven, 38 años según Patri, con
muchísima formación teológica. Un cura nuevo, joven que viene a una parroquia
enorme que tiene un grupo de jóvenes un tanto…particular. Podría haber llegado
y quedar a la sombra de Miguel. Podría haberse quedado con sus ideas
preconcevidas y rechazar toda nuestra forma de pensar, un tanto “divergente”
para lo que es habitual. Podría haberse negado a escucharnos, no participar de
nuestra vida como grupo, y tratar de convencernos de que algunas cosas que
pensamos son inconcebibles. Pero no. Llegó y tuvo que ser simpático,
participativo, abierto, interesado, amable, educado, siempre con una sonrisa en
la cara, con una mano sobre tu hombro y un brazo en tu espalda, siempre
apoyando, siempre escuchando, siempre atendiendo al menor síntoma de debilidad
para sostenerte. Tuvo que llegar e intentar aprenderse el nombre de todos los
niños de la parroquia. Quizá es una tontería, pero es un detalle que no hace
cualquiera.
Y
eso que no lo conozco, conocía, mucho. Pero cada vez que te lo cruzabas, que estabas
con él, te miraba con unos ojos que te decían: “te escucho, te entiendo, te ayudaré”.
Gente así hace falta en el mundo. Gente desinteresada. Gente buena. ¿Por qué le
pasan cosas malas a la gente buena?
Quizá
el día tan luminoso que ha salido no sea porque el mundo se ría de nosotros.
Quizá es Pablo, que ayer cuando subió, decidió tener un detalle y le dijo a
Dios: “Va, tío, cúrrate un día bonito, para que se acuerden de que todo es luz,
de que todo se va a arreglar”.
Quizá.
Esta
es mi forma particular de despedirme de ti. Tenía cosas que decirte, que
estaban esperando a un momento más idóneo, pero las pensaré muy fuerte, a ver
si te llegan.
Llega un momento en el que estás
hasta los cojones de la gente que te desmoraliza.
Primero porque te hacen sentir
mal, te afectan demasiado sus críticas y al final consiguen lo que buscan: no
eres capaz de hacer lo que te propongas. La gente que lo hace a propósito es
mala, muy mala, porque saben que pueden controlar tus sensaciones y eso les da
poder. Pero la gente que no lo hace a propósito, que lo hace inconscientemente,
es peor. Porque no se dan cuenta de lo que hacen y no son capaces de pararlo.
Segundo porque esa sensación de
incompetencia que te crean consigue que no seas capaz de enfrentarte a tus
retos y miedos. Y en concreto, que no seas capaz de enfrentarte a esa persona
en particular, creando un círculo vicioso del que es increíblemente difícil salir.
Buscas a alguien que haga de intermediario, que luche por mejorar tu situación.
Pero el esfuerzo es en vano: hasta que no luches tú los logros nunca serán
suficientes.
Llega un momento en que estás
hasta los cojones de la gente que te pide más.
Nunca será suficiente para ellos.
¿Te has esforzado por conseguir las cosas a la primera? ¿Te has dejado hasta el
hígado para lograr tus (y aparentemente sus) objetivos? Pues no es suficiente.
Siempre puedes dar más. Aprietan el botón y lo giran un poquito para ver cuánto
pueden exprimirte.
No niego que siempre seamos
capaces de dar más. De hecho, estoy totalmente de acuerdo con esa opinión. Pero
¿qué tal si en vez de con palabras hirientes, desconfianza y malas caras lo
intenta apoyo, confianza y reconocimiento? Se llama refuerzo positivo, y es más
eficaz que el negativo.
Por fin, a mis 21 años, me he
dado cuenta de que tengo que bajarte de ese altar. Tengo que ser objetiva y
crítica ante tus comentarios. Porque, aunque te pese, la inseguridad crónica,
la falta de confianza en mí misma y la sensación de incompetencia, es culpa
tuya.
Por fin, a mis 21 años, me he
dado cuenta de que puedo estar segura, confiar en mi misma y soy competente. Y
puedo dar más, pero ya no lo haré por ti, porque tú me lo pidas. Lo haré por
mí. Y ni se te ocurra creer que seguiré bajando la cabeza cuando pretendas
opinar sobre mi vida. Formas parte de ella y siempre lo harás, pero ya me he
hecho mayor: tu opinión es eso, una opinión, no un estilo de vida.